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Expediente 2022
Martes 04 enero, 2022

“A Sangre Fría”

Fue hacia las 20:30 horas del sábado. Una hora y media antes de la medianoche. Entonces, los carteles y cartelitos asestaron un parteaguas en la vida licenciosa de Veracruz. Nunca antes, por ejemplo, un cuarteto de encapuchados, a la sombra de la noche, en un pueblo indígena, tranquilo y solitario, Tenochtitlán, a un ladito de Misantla, había tomado por asalto el palacio municipal.

Luis Velázquez

Llegaron con armas largas. Se tirotearon con la policía. Dos polis, heridos. Y un civil muerto. El civil era Jorge Sánchez García, contador, de 26 años,
El oficial Roque Hernández Landa, de 35 años, recibió un balazo en el pecho, y luego, Tenochtitlán en calma, se lo llevaron en un taxi al hospital de Misantla y de ahí a un hospital de Xalapa pues se debatía entre la vida la muerte.
El velador del palacio, Venancio L. H., sólo recuerda que los 4 sicarios llegaron enmascarados y rompieron la puerta de cristal.
Entonces, su única reacción fue correr para esconderse en el baño y de ahí, caray, por una rendijita los miró entrar a la oficina de la tesorería.
Luego, escuchó unos ocho disparos en la noche que pudo contar con todo y los nervios estallados. El miedo de morir.
Después, con el botín en las manos, unos 135 mil pesos, el cuarteto de sicarios se perdió en la noche canija, violenta, sombría, despiadada, sórdida y siniestra de Veracruz.
La Guardia Nacional, la SEDENA (secretaría de la Defensa Nacional) y la Policía Ministerial, en vano efectuaron un operativo de búsqueda.
Y más, mucho más, porque el asalto al palacio se trató del primer atraco a un Ayuntamiento.
Y lo peor, a sangre y fuego.
Y encapuchados.
Sin capucha, dos días después, en Boca del Río, cuatro sicarios, dos armados, asaltaron el restaurante “La Estancia Argentina”, en la plaza comercial, Andamar.
Se llevaron doscientos mil pesos. El dinerito, de la caja. Al parecer, ningún comensal asaltado ni atracado.
Los malandros continúan recrudeciéndose.

¡AY, LOS TIEMPOS SOMBRÍOS DE ENTONCES!

Pian pianito, poco a poco, la violencia se ha vuelto un tsunami.
A Veracruz, por ejemplo, los carteles llegaron procedentes de Tamaulipas, el Tamaulipas de los exgobernadores priistas, Eugenio Flores Hernández y Tomás Yarrington, ambos señalados de amistades peligrosas.
Fue en el tiempo de Javier Duarte cuando los malandros tiraron doce cadáveres en el puente que une a Tampico Alto, Veracruz, con Tampico, Tamaulipas.
Fue el tiempo cuando también los malosos rafaguearon el primer autobús de pasajeros en el país, en la carretera de Tantoyuca a Pánuco y en donde mataron, entre otros, a un bebé en brazos de su señora madre.
El tiempo cuando por vez primera en el Estado jarocho aparecieron las fosas clandestinas de “Colinas de Santa Fe” en la ciudad jarocha.
Y el tiempo cuando con Duarte un total de diecinueve reporteros fueron asesinados, más tres desaparecidos, y Veracruz fue declarado “el peor rincón del mundo para el gremio reporteril.
Más todavía:
El tiempo cuando los malandros asaltaron por vez primera en la república a los feligreses de una iglesia de Córdoba cuando rezaban el rosario en la tarde que moría.
Y el tiempo cuando en el puerto jarocho entraron a una iglesia, Santa Rita de Casia, el mediodía de un domingo, y delante de los feligreses y el sacerdote que oficiaba misa se llevaron a un parroquiano.
Y el tiempo cuando asaltaron un restaurante de tacos en Córdoba y desvalijaron a los comensales.
Fue el tiempo cuando de acuerdo con el sacerdote de la Teología de la Liberación, José Alejandro Solalinde, siempre en pie de guerra, Veracruz se volvió el peor paso del país para los migrantes.
Además, cuando el Estado jarocho se convirtió en el peor fosario de la república.
Ahora, primera vez en el país que los carteles, así sean carteles locales como dice la secretaría de Seguridad Pública, pues los grandes carteles ya se fueron de aquí (ajá), asaltan la tesorería de un palacio municipal y a sangre y fuego.
Y a un restaurante en plaza comercial en día, digamos, turístico.

VERACRUZ, EN LAS GRANDES LIGAS

El oleaje de violencia alcanza dimensiones insospechadas, jamás imaginadas.
Los carteles se recrudecen y aprietan tuercas.
Mujeres secuestradas, desaparecidas, torturadas, quizá vejadas, asesinadas y decapitadas, y tirado su cuerpo por un lado y la cabeza por dentro.
Veracruz, en el ranking nacional de feminicidios.
Cadáveres de desconocidos flotando en los ríos.
Cadáveres colgados de los árboles y puentes.
Políticos, líderes partidistas y sindicales, candidatos a cargos de elección popular, activistas, taxistas, profesores, miembros de la comunidad sexual, ancianos, niños, jóvenes, forman parte de la estadística de la muerte.
Pero el asalto al palacio municipal de Tenochtitlán son palabras mayores.
El asalto al palacio.
El asesinato de un civil.
El policía herido.
El botín que se llevaron.
Todo, en un Ayuntamiento indígena, con limitados recursos, pero al mismo tiempo, indicativo, significativo y simbólico.
El avisito de los carteles y cartelitos está ahí, en el palenque público, notificando, recordando, que están más endurecidos que nunca.
Y que como siempre están dispuestos a todo para adueñarse de la plaza.


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