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Expediente 2021
Martes 05 octubre, 2021

35 años en el infierno

El nuevo paisaje urbano y suburbano, indígena y rural de Veracruz es la pólvora, la sangre y la muerte.
También, las fosas clandestinas.
Las cabezas humanas decapitadas.
Es el único "Veracruz se antoja" real, efectivo, concreto, específico y macizo.
Es la nueva "noche tibia y callada" de Agustín Lara.
Sería el paraíso terrenal del siglo XXI descubierto por Alejandro de Humboldt... y que, claro, otro era en el siglo XVIII.

Luis Velázquez

De hecho y derecho, suficiente material gráfico, escenas crudas y duras, impresionantes y avasallantes, para una película de los hermanos Almada.
Desde el sexenio de Agustín Silvestre Acosta Lagunes, en el siglo pasado, el reinado de los malandros, sicarios y carteles y cartelitos, predominando en Veracruz.
6 años de Acosta. Oasis con Fernando Gutiérrez Barrios y Dante Delgado.
6 años de Patricio Chirinos, 6 años de Miguel Alemán, 6 años de Fidel Herrera, casi 6 años de Javier Duarte, 40 días de Flavino Ríos, 2 años de Miguel Ángel Yunes Linares y casi 3 años de Cuitláhuac García, el terror y el miedo, el pánico y la desesperación, los balazos y el fuego cruzado, los asesinatos y las fosas clandestinas, "el pan nuestro de cada día".
De hecho, 35 (treinta y cinco) años (demasiados, excesivos) viviendo en el infierno.
Peor aún: en el rincón más arrinconado del infierno.
La semana anterior, un hombre descuartizado, envuelto en una lona y tirado en la vía pública en Omealca, tierra de nadie, centro de la violencia recrudecida, saña y barbarie, igual, igualito que en otras latitudes geográficas de Veracruz... y del país, claro.
"La muerte tiene permiso" escribió el novelista Edmundo Valadés.
Ni hablar, lo dijo la presidenta municipal de Xico, "de cualquier forma morirán".
Más, mucho más muertes, y por ahora, está causando el covid.
Pero si se añade el covid con la violencia, entonces, sale un cóctel explosivo donde la muerte derrota a la vida.
Ni modo, "¡aquí nos tocó vivir y qué le vamos a hacer!".

REALIDAD ESTRUJANTE

Felipe Calderón Hinojosa sacó al ejército y a la marina a las calles para combatir a los carteles.
Y Enrique Peña Nieto los dejó.
Y también López Obrador.
Y el río de pólvora y sangre continúa adueñado del llamado Estado de Derecho.
Peña Nieto trajo a un súper general de Colombia, héroe en la tierra de Gabriel García Márquez, por combatir con éxito a los carteles, y ni así pudo en México.
La Guardia Nacional, ultra contra súper policía, fue creada como "la octava maravilla del mundo" para acabar con los malandros, y nada.
Muchas concesiones del obradorismo a la milicia y ni así mejores resultados contra la violencia.
Rebasadas las corporaciones policiacas de todos los niveles en el país.
Fue institucionalizada la junta estelar de todos los días en el gobierno federal y en los gobiernos estatales para "medir el agua a los camotes" de la violencia en el día con día y al mismo tiempo, tomar medidas con resultados decisivos, y nada.
Las patrullas militares y marinas vigilan las ciudades en calles y avenidas y el tsunami de violencia se recrudece.
Los vecinos en colonias populares detienen a rateros y ladrones, los madrean y desnudan y amarran de manos y pies y los sujetan a un poste o los colocan en el centro de la calle y llaman a la policía y de cualquier forma, el oleaje de robos y asaltos y secuestros y desapariciones y asesinatos continúa imparable, inderrotable.
La venta de aparatos de protección casera se ha multiplicado y de cualquier forma los asaltos a casas habitación y comercios y negocios a la orden del día.
Cadenas de oración rezando para que la tranquilidad sea restablecida, pero sin la mayor trascendencia.
Festinan por ahí la captura de una banda delictiva y hasta de un jefe narco, pero como los ácaros y los conejos, los peces y los panes, en automático los jefes y sicarios se multiplican como si tuvieran, digamos, una insólita reserva humana disponible.
Cada vez multiplicada la sospecha de la desaparición forzada, aquella resultante de la alianza sórdida, sombría y siniestra de políticos, jefes policiacos, policías y carteles y cartelitos.
La inversión privada, paralizada en todos los rubros porque el índice galopante de violencia resulta imprevisible y crear y recrear una empresa constituye un riesgo por aquello de los secuestros y desapariciones y por la extorsión.

MUCHAS INDULGENCIAS GANADAS

35 años después, el resultado es fatídico:
Niños huérfanos.
Parejas viudas.
Padres ancianos, a la deriva económica y social, pues dependían del hijo secuestrado, desaparecido y asesinado.
Veracruz, en un tsunami de violencia e impunidad jamás imaginado.
Van casi 3 años de la 4T en Veracruz y ninguna lucecita alumbra el largo, extenso y sinuoso túnel del desencanto y la esperanza.
La población electoral ha perdido la fe de que las circunstancias puedan cambiar.
Incluso, ni siquiera abrazan la posibilidad de un milagro.
Gobernadores priistas y panista y morenista han ejercido el poder en Veracruz con el mismo resultado desalentador.
Van 35 años de inseguridad e impunidad y de seguro la población ya ganó suficientes indulgencias en el cielo para tener una vida eterna reposada cuando llegue la hora de su muerte, natural o violenta y pasee al lado de ángeles y querubines en el otro lado del charco.


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