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Expediente 2021
Jueves 08 julio, 2021

La República del Twitter

Se vive la Santa y Apostólica República del Twitter. Del “país de un solo hombre” y de la llamada República de las Letras, a la República del Internet. Redes sociales, tuitazos tipo Donald Trump, facebook, whatsapp, anexos y conexos, gobernando la vida. Y la política, claro.
Por ejemplo, unos cincuenta artistas en la antesala de la demanda electoral porque cobraron buenos emolumentos al declararse simpatizantes del PVEM en la víspera del 6 de junio.

Luis Velázquez

Incluso, un tuitazo de Belinda, la noviecita de Cristhian Nodal y con la envidia de Lupillo,, alardeando que le pagaron dos millones de pesos por declararse feligrés del PVEM.
El tuit de 40 palabras, máximo, gobernando el mundo. En tan pocas palabras, la definición total. Y, claro, el rencor, el odio, la intriga, la calumnia, la venganza. “Ojo por ojo, diente por diente”. Aquí, desde mi twitter, mando yo, dirían la Mujer Maravilla, Batichica y la Gatúbela.
En el siglo pasado, la radio tomó auge con el noticiero radiofónico y anunciaron el fin del periodismo impreso.
Después, pasó lo mismo con el cine y sus noticieros. Y la tele.
Y la prensa escrita siguió y siguió.
Ahora, de nuevo, “de la moda… lo que te acomoda” dice el clásico, el Internet.
Y aun cuando el periodismo ha brincado al periódico digital, nunca, jamás, será comparable en el contenido a un tuitazo, un facebook, un whatsapp.
Pero, bueno, el twitter manda.
Inverosímiles, los tuitazos, digamos, políticos y sociales, únicamente leídos por los políticos y los trabajadores de la información.
Quizá, uno que otro grupo femenino, las mujeres en el cafecito, la tarde pastelera, la zumba, la manualidad.
De ahí pa’lante, millones ocupados en la tarea fundamental como llevar el itacate y la torta a casa.
Y en las regiones indígenas y campesinas, ni en cuenta. Uno que otro, aislado. Pero sin trascender.
Basta y sobra, no obstante, con que las tribus políticas se angustien en el día con día con los tuitazos para merecer el reconocimiento oficial.
Derrotado para la reelección, Donald Trump lanzó sus redes sociales y al ratito, y ante el fracaso, debió cerrar.

CHISME FAMILIAR Y AMICAL

La República del Twitter sirve, entre otras cositas, y en mayor volumen, para el chismerío amical y familiar.
También, para desahogarse las elites políticas y, claro, ajustar cuentas entre ellas, pues nada más efectivo que un bombardeo nuclear en 40 palabras.
Los chicos la utilizan para comunicarse. Incluso, para avisarse de tareas.
Además, del exceso de basura, digamos, tecnológica que llega todos los días y a pasto.
Cada noche, la señora B. agarra el celular para borrar y borrar y seguir borrando archivos banales. Incluso, amigas que le envían las oraciones de la mañana, la tarde y la noche y que más allá de escuchar misa los domingos y hasta rezar el rosario en la noche la tienen fastidiada, harta, molesta, irritada.
Y ni se digan los archivos falsos y emboscados, por ejemplo, del SAT, Sistema de Administración Tributaria, que algún ocioso o firma truculenta se hace pasar para asestar, quizá, calambres fenomenales, y de paso, nadie dudaría, a ver si cae un incauto.
Desde luego, la utilidad política y social de los tuitazos ha de verse porque el grueso de la población con celular lo usa para otros menesteres, cien años luz de distancia a la tarea pública.
Y por tanto, habría de sopesar si en verdad, en verdad, en verdad, la República del Twitter es efectiva para las tribus políticas y de la administración pública.
Más todavía, en el tiempo de los tuitazos, anexos y conexos, nada hace más dichosa y feliz a una persona que vivir sin celular, pues de entrada termina volviéndose una adicción, una droga peor que la cocaína, y segundo, se pierde mucho, demasiado, excesivo tiempo.

LOCUTA TUITERA

La República del Twitter impresiona a cierta parte de los políticos. Y en la vorágine por meterse hasta el tuétano en el imaginario colectivo suelen contratar especialistas.
Tanta es la locura tuitera que, por ejemplo, cuando algunos reporteros han sido borrados por un político hasta interponen denuncia penal y de nuevo son felices cuando ganan la denuncia.
Peor tantito, hay políticos que tienen hasta 4 y 5 celulares para vivir más pendientes de los tuitazos.
Pero los tuitazos, confirmado está, ni influyen en el estado y la emoción social ni tampoco en la percepción ciudadana para crear y recrear una imagen sólida ni menos, mucho menos, transforman la vida.
A excepción, claro, de los esclavos cibernéticos, aquellos que día y noche andan pegados al celular para, digamos, y según ellos, “medir el agua a los camotes”.
Nunca Benito Juárez necesitó los tuitazos para perpetuarse quince años en el poder ni Francisco Ignacio Madero para derrotar en las urnas a Porfirio Díaz Mori.
Ni siquiera, vaya, a base de tuitazos Trump derrotó a Joe Biden, aun cuando pudo despeñar a Hillary Clinton con ayudadita de los rusos de Vladimir Putin.
El país será feliz cuando tire el celular a los mares de México para que se lo traguen los tiburones y los charalitos, a picotazos.


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