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8 Columnas
26 enero, 2020

Nomás las cruces quedaron


Parte dos
Gonzalo López Barradas/La primera novela de un reportero


Rafael Cornejo Armenta nació creo que por allá en el 10 de abril 1914 en un pueblo que se llama Ixhuacán de los Reyes, un lugar lleno de vegetación cuyos habitantes siembran maíz y café, rumbo a Cosautlán y Teocelo,...

en la parte suroeste de la ciudad de Jalapa. Fray Antonio Cornejo, padre de Rafael, murió cuando éste tenía dos años. Trinidad Armenta es su madre quien se gana la vida tocando el armonio de la iglesia, lavando y planchando ropa ajena.
Cuando Rafael cumplió los diez años dijo a su madre:
-Quiero irme con mi tío Emilio al Plan de Las Hayas.
-Pero, ¿Qué dices chamaco?, gritó sorprendida.
-¡Eso no es posible, estás muy niño, Rafael! ¿Qué vas hacer allá?, está muy lejos.
–No te preocupes, mamá, voy a ser una boca menos que mantener y te aseguro que vendré seguido a verte y además te voy a mandar dinero.
Doña Trinidad, muy preocupada, trató de convencerlo. No pudo. No encontró la manera... Después de muchos intentos, la operadora del teléfono, logró comunicarse con el tío Emilio Armenta.
-¿Cómo estás, Emilio?
–Oye, Rafael quiere irse contigo al Plan.
–Qué bueno, mándamelo, que con mucho gusto lo tendré aquí, además buena falta que me hace.
–Está bien. Oye, si se porta mal, me lo regresas luego, luego.
-No te preocupes, mujer.
Acordaron el día del viaje.
Fue un viernes y llovía mucho. Doña Trinidad metió la ropa de Rafael en una caja de cartón y fueron a Teocelo para subirse al “piojito”, un pequeño tren que lo llevaría hasta Jalapa, pasando por San Marcos de León y Coatepec.
Se lo encargó a un viejo amigo de la familia, Raúl Díaz, hombre de buenos modales a pesar de ser arriero, que tiene una recua de mulas en las cuales lleva mercancía hasta el Plan de las Hayas.
Esa noche, la pasó Rafael aguantando un fuerte frio en los macheros de los mesones del Mercado de San José.
El sábado, muy de madrugada, salieron cinco arrieros y doce mulas cargadas con ropa, galletas, refrescos y otras cosas que llevaban para la tienda de abarrotes de don Saúl Barradas, al Plan de las Hayas.
La lluvia de ayer hizo aparecer un día soleado y sólo unas cuantas nubes se dejan ver sobre la montaña. Alguien dijo que iba a hacer un calor de la chingada. Pasaron por los poblados de Tepetlán, el
Ranchito, Xomotla y el Madroño, rancherías que están pegadas en las faldas de la Sierra, y ya pardeando el día, casi anocheciendo, llegaron a Plan de las Hayas, una vieja hacienda que es propiedad de Emilio, Manuel y Miguel Armenta con unas cuantas casas, cercana a Juchique de Ferrer, pueblo en donde se asientan los poderes de la autoridad municipal.
Raúl dejó al chamaco en la casa del tío Emilio.
Sus primos le enseñaron el catre en dónde iba a dormir y más tardaron en hacerlo que él en caer vencido por el cansancio y el sueño…
Pronto aparecieron los primeros rayos del sol dominguero.
Los parientes con sus amigos, después de almorzar, lo llevaron a conocer el rancho y otros lugares desde donde se contempla el mar, allá por Palma Sola y Vega de Alatorre, hacia el sur, y por el norte la imponente y verde Sierra de Chiconquiaco.
Plan de la Hayas se ubica en una pequeña hondonada, lugar escabroso situado en las altas depresiones de la Sierra de Chiconquiaco en la parte norte de la ciudad de Jalapa, formada por una cordillera de la Sierra Madre Oriental, sobresaliendo las altas montañas como el Cerro del Borrego, con un paisaje de bosque de niebla y lomeríos en los municipios de Chiconquiaco, Juchique de Ferrer y Yecuatla, y con una prolongación de cerros escarpados, juntándose en la planicie de Barlovento en Colipa y en Vega de Alatorre, donde se unen los ríos Colipa, Juchique y Misantla, desembocando en el Golfo. Ahí se extienden los cafetales, la maleza tropical y un caserío que se desparrama sobre el ancho valle. El café domina la economía. Mitad refugio, mitad campo laborable por lo intrincado y lo poco accesible. Adornado por unos enormes árboles de gruesos troncos blancos que se llaman hayas, con muchos zacatales en los cuales engorda el ganado. Ahí los campesinos trabajan la tierra, sembrando plantas de café, regando los surcos con semillas de frijol, chile y maíz. Es guarida y escondite de lo más selecto de los bandidos que capitanean la familia Armenta.
Su tío, un hombre seco, de carácter fuerte, formado con la disciplina militar (había participado en la revolución, enrolado en las huestes de Emiliano Zapata); ahora comanda gavillas de salteadores, lo trata como si fuera su propio hijo. Bajo su tutela crece y lo hace hombre rudo. Rafael, pasa su juventud en una época llena de violencia porque donde quiera ocurren asesinatos, tanto en los poblados aledaños como en el propio Plan de las Hayas y muchas partes del Estado.
No hay orden ni autoridades. Campesinos y sus familias viven desprotegidos. Los caminos están inaccesibles a esos lugares serranos. Domina la ley del poderoso y del más fuerte.
Rafael pronto aprende, en ese ambiente, a ser un buen jinete y un magnífico tirador con pistola y rifle. Su tío le enseña el manejo de las armas “para defenderte y cuidar lo tuyo”, le dice.
Ahí forja su carácter violento. Viaja muy seguido a Ixhuacán para ver a su mamá que está muy enferma, quien al poco tiempo, murió.
Ha comenzado a ganar mucho respeto. Su tío lo deja manejar los negocios del rancho. Contrató decenas de trabajadores, y a todos les enseña cómo manejar armas; ha formado un grupo sólido, diestros para disparar y preparados para cualquier contingencia.
Entre ellos, hay uno que llegó del sur del estado, del pueblo de Sayula. Se llama Gildardo Alemán Lobillo, huraño y entrón, con quien ha entablado una fuerte amistad. Es de sus confianzas…


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