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Expediente 2020
Martes 10 diciembre, 2019

El peor infierno

Coatzacoalcos es el peor entre los peores infiernos de Veracruz. En ninguna región geográfica, el tsunami de violencia ha alcanzado los más altos decibeles.
Una matanza en un night club, El caballo blanco, por ejemplo, que dejara 33 muertos.
Una señora, esposa de un empresario, secuestrada luego de dejar a sus hijos en la escuela, desaparecida, pedido el rescate, el marido declarándose incapaz del pago millonario, asesinada, decapitada y arrojado el cadáver en la vía pública.

Luis Velázquez

El asesinato antes, en la yunicidad, de una familia, incluyendo cuatro niños, los 4 menores de diez años, en una colonia popular.
La emboscada a un par de mujeres migrantes de Guatemala y Salvador.
Más de cinco mil comercios, negocios y changarros cerrados por tanta extorsión en la zona sur.
Decenas de familias, quizá pudientes, migrando del pueblo a otras latitudes, como por ejemplo, la Ciudad de México.
El paisaje cotidiano integrado por secuestrados, desaparecidos y asesinados.
Y la impunidad, claro.
La protesta ciudadana que llegara a las calles y avenidas de Coatzacoalcos en una resistencia pacífica sin precedente y que, con todo y Fuerza Civil y Guardia Nacional, de poco o nada ha servido.
El viernes 29 de noviembre, en la madrugada, el último machetazo de los carteles.
Fue cuando entraron al domicilio particular en la colonia Benito Juárez del regidor del Ayuntamiento de MORENA, el morenista Benito Soriano, miembro de la Comisión de Hacienda, y a punto estuvieron de estrangularlo, quizá para robarlo, acaso para intimidarlo con el dinero público, quizá para multiplicar el horror y el terror.
Días duros y polvorientos. Sórdidos y sombríos. La vida, un infierno, y sin ninguna lucecita alumbrado el largo y penoso túnel del desencanto y la desesperanza social.
“¿Qué hacer?” intituló Lenin a uno de sus libros reflexionando sobre la víspera de la revolución rusa.
¿Qué hacer, entonces, en Veracruz, con el tsunami desorbitado, fuera de control, inverosímil, cada más recrudecidos los carteles y cartelitos, los malandros y los pillos y ladrones, la delincuencia organizada y común?

EL REGIDOR CAZADO…

El asalto en la madrugada del viernes 29 (casi casi un adiosito al mes de noviembre) es la barbarie y la saña. El terror en su más alto decibel.
Nadie dudaría de que los malosos tenían en la mira al Regidor de MORENA. Y lo cazaron, quizá, porque es miembro de la Comisión de Hacienda en un municipio donde el alcalde y la síndica están agarrados del chongo por el nepotismo y el dedazo en la obra pública.
La vida, simple y llanamente, cada vez más sórdida. Y lo peor, significa que nadie está a salvo.
Y más, como en el caso del regidor, porque es político y un hombre público, considerando que al momento van diecinueve políticos, líderes partidistas, diputados y activistas sociales ejecutados.
Además, tampoco ninguna duda de que si los malosos fueron por el Regidor se entendería que en el Ayuntamiento de MORENA tienen delatores, espías, orejas, gente filtrada para seguir la pista de todos y cada uno de los funcionarios edilicios.
Y más, porque la Fuerza Civil y la Guardia Nacional comisionadas desde hace mes en el pueblo no han logrado el objetivo de, primero, imponer respeto, y segundo, y más importante, restablecer la tranquilidad en el pueblo.
Todo Veracruz es polvoriento. Pero Coatzacoalcos, más, mucho más. Y si el horror está focalizado, caray, el principio de Peter evidencia a la autoridad, porque la vida sigue colgada de alfileres día y noche.

LOS MESÍAS QUE ANDUVIERON POR ALLÁ…
AMLO, el presidente de la república, y su góber en Veracruz, llegaron como mesías a Coatzacoalcos para juramentar el restablecimiento del paraíso perdido.
Y muchos meses después, Coatzacoalcos sigue chorreando sangre de civiles.
Un año después, el sur con el hacha y la guillotina de los carteles como una pesadilla.
Cierto, en el pueblo se concitan muchos, demasiados riesgos.
Uno, el principio de la autopista del sur al norte del país, tierra fértil para los narcos. Dos, la puerta de entrada a Veracruz de la migración de América Central.
Tres, la prostitución y la trata de blancas. Cuatro, los secuestros. Cinco, los feminicidios.
Seis, la extorsión a los negocios y a los particulares. Siete, la impunidad.
Por eso, y aun cuando quizá los carteles se muevan de Coatzacoalcos a otros municipios locales, tarde o temprano terminan por regresar porque significa tierra fértil para sus fechorías.
Y, por añadidura, la disputa de los carteles entre ellos mismos en la rebatinga más ambiciosa de todos los tiempos.
Sólo queda, entonces, parece quedar, que Estados Unidos entre a México, y a Coatzacoalcos en el estado de Veracruz para una vez denominados los carteles unos terroristas recuperen la paz perdida.
Y más porque como expuso el escritor y reportero, Ricardo Ravelo Galo, que “nadie se haga bolas”, desde hace muchos años, la política de las drogas en México se decide en el país vecino.
De lo contrario, nada, absolutamente nada indica que el tsunami de violencia disminuya en los próximos 5 años del gobierno de MORENA en Veracruz, y más regidores de Coatzacoalcos y municipios anexos y conexos bien podrían ser asaltados en las madrugadas en sus domicilios particulares.


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