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Expediente 2020
Miércoles 11 noviembre, 2020

El panteón particular

En Veracruz, cada familia, cada persona, tiene un panteón particular. Es el cementerio donde reposan los suyos. Los amigos. Los compadres. Los vecinos.
Y es que muchos años después, casi tres décadas, de Patricio Chirinos Calero a la fecha, “la noche tibia y callada” de Agustín Lara se volvió un tiradero de cadáveres y un tiradero de impunidad.

Luis Velázquez

Nadie se equivocaría si llamara a su panteón el fosario de sus héroes, mejor dicho, de sus mártires, aquellos asesinados en medio del oleaje de violencia, inseguridad, incertidumbre y zozobra.
Un día, de pronto, una bala perdida en un fuego cruzado. Un secuestro. Una desaparición. El ultraje en caso de una mujer. La tortura. El crimen. La cabeza decapitada y tirada por un lado en un municipio y el resto del cuerpo en otra demarcación.
Incluso, y sin ninguna duda, pudiera escribirse que todas y cada una de las familias de norte a sur y de este a oeste (en total, 8 millones y cacho de habitantes) tienen un pariente, un conocido, un compadre, plagiado, desaparecido y asesinado.
En la mayor parte de las familias hay niños huérfanos, parejas viudas, y hasta padres ancianos a la deriva social y económica porque el sustento del hogar (la madre, el padre) fueron ejecutados.
Por eso, pareciera que en Veracruz todos los días y noches son días y noches de muertos. Los llamados fieles difuntos del sexenio.
Y si en el himno nacional una estrofa dice “que un soldado en cada hijo te dio”, en el Veracruz de la izquierda encumbrada en el palacio de Xalapa un crimen en cada familia siembra horas oscuras.

LOS DÍAS SANGRIENTOS

Nadie al momento, un escritor, un poeta, un cronista, alumnos y maestros de la facultad de Letras de la Universidad Veracruzana, por ejemplo, los versadores de la Cuenca del Papaloapan, el jaranero de la iguana verde morando en el hombro, ha escrito una novela, un cuento, una poesía, sobre el dolor y el sufrimiento con tantos muertos en cada pueblo.
Veracruz, convertido en un río de sangre, ha sido incapaz de inspirar al Agustín Lara del siglo XXI, al Pepe Guízar del nuevo siglo, a la Paquita la del barrio, para escribir una canción sobre el largo y extenso panteón con los muertos de la violencia.
En Ciudad Juárez, Antonio Balderas y Jennifer López filmaron una película sobre las muertas.
En América Latina hay varios documentales sobre las dictaduras militares y el saldo de sangre en la República Dominicana, Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil y Cuba con el dictador Fulgencio Batista.
El poeta salvadoreño, Omar Cabezas, escribió poemas sobre los muertos en América Central.
El poeta Ernesto Cardenal dejó constancia en sus poemas sobre la represión en Nicaragua en el tiempo de Anastacio Somoza y de igual manera en el tiempo del ex sandinista, Daniel Ortega, convertido en dictador.
Quizá en Veracruz algún novelista, cuentista, poeta, habrán escrito un texto sobre los estragos de la violencia. Y una disculpa si es así y se desconoce. Pero ojalá pudiera publicarse, primero, para dejar un testimonio inapelable de los días sangrientos padecidos, y segundo, para crear y recrear conciencia social de que vivimos el peor de los mundos sórdido, siniestro y sombrío, con la esperanza de que con un milagro “y un poquito de gracia y otras cositas” como “La bamba”, pudiera controlarse, mejor dicho, desaparecer.
Mientras, en cada pueblo, el panteón particular de las familias aumenta como los peces y los panes, los ácaros y la humedad.
Algún día cuando un historiador escriba sobre la década de los años 20 en el siglo XXI la palabra Veracruz tendrá como sinónimo, quizá ya, la palabra infierno.
Un infierno llamado Veracruz.

VIOLENCIA EN TIEMPO DE PAZ

En unos casos, las familias tienen su panteón con el cadáver de la familia sepultado. Pero en muchos, muchísimos hogares, la persona fue secuestrada, desaparecida y asesinada y nunca, jamás, sus restos encontrados.
Son los casos de cientos, miles quizá de familias buscando a sus desaparecidos en fosas clandestinas, en comandancias policiacas, en cuarteles, cárceles y hospitales.
Una búsqueda agobiante y desesperada por encontrar una pista, un rastro, la punta del iceberg que pudiera llevarlos a la ubicación de los suyos.
Hijos, hermanos, padres, chicos, mujeres y hasta ancianos, que un día fueron plagiados y nunca, jamás, jamás, jamás, ubicados, reproduciendo en Veracruz el tiempo de las dictaduras militares cuando los poderes constitucionales eran propiedad de los generales implacables y despiadados.
En aquel tiempo, tiempo de guerra. Aquí, en Veracruz, los desaparecidos en tiempo de paz. La paz de los sepulcros, claro.
Mujeres secuestradas, violadas, torturadas, asesinadas, decapitadas, calcinadas, cercenadas, pozoleadas y sepultadas en fosas clandestinas.
Un Veracruz sangriento. Saña y barbarie como modelo policiaco, social y político y que suele terminar en el panteón privado de cada familia.
José Martín, el poeta, cronista y el guerrero de la libertad en Cuba, lo escribió de la siguiente manera: “En mi corazón traigo el dolor y el sufrimiento de los míos”.
Todos en casa lloramos a una víctima de la violencia. Un familiar. Un amigo. Un conocido. Un vecino.
Un panteón gigantesco, más desolado que todos los cementerios, llamado Veracruz, porque fueron asesinados en el oleaje de violencia que el Estado ha sido incapaz de combatir.


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