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Sábado 05 septiembre, 2020

Tragedia migratoria

•Desintegración familiar
•Hijos a la deriva

ESCALERAS: La tragedia migratoria puede calibrarse a partir de la desintegración familiar. Las esposas y los hijos, y hasta los padres ancianos, a la deriva económica y social cuando, por ejemplo, el padre migra y durante un tiempecito envía el dinerito quincenal o mensual para el itacate y la torta en casa.

Luis Velázquez

Pero de pronto, el padre migrante desaparece sin una explicación a la familia. Luego trasciende que halló una nueva pareja, por lo regular, otra migrante.
Y como la soledad es muy canija, sobre todo, en las noches y los fines de semana, hizo vida sexual y terminó viviendo en otro hogar. Y en automático, el abandono de la familia primigenia.

PASAMANOS: Después, la madre también agarró camino a Estados Unidos para encarar al exmarido y exigir el dinerito para los hijos.
Quizá en algunos casos les ha ido bien. En otros, sin embargo, la mayoría parece, también se quedan allá.
Y con el tiempecito encuentran otra pareja y procrean nuevos hijos y los hijos dejados en el país con los abuelos son abandonados, dejados a la deriva.

CORREDORES: Entonces, viene lo peor. Si los hijos son ya grandecitos, digamos, unos quince años promedio, entonces, agarran camino a Estados Unido y trepan a “La bestia” y se unen a otros niños buscando a los padres.
Son los hijos de los migrantes en la aventura más sórdida y siniestra, y más expuesta y peligrosa.
Es cuando, digamos, la desintegración familiar registra vientos huracanados.
El sueño del paraíso terrenal en el país vecino desmoronado y deshecho, convertido en polvo y talco, nostalgia y desencanto. Incluso, desesperación.
Todo, por la errática política económica tanto federal como estatal para ofertar posibilidades laborales a la mayoría poblacional.

BALCONES: Muchas de esas historias están documentadas, incluso, en filmes cinematográficos, pero de nada ha servido ni sirve para que el gobierno se ocupe.
Es la historia, por ejemplo, de Ruth, de los Llanos de Sotavento en Veracruz.
El marido agarró camino a EU como migrante sin papeles, dejando a la esposa y a tres hijos menores.
Durante un año envió de manera puntual el dinerito a casa. Todos, felices. La lanita asegurada. Vida holgada.
De pronto, el esposo se hizo ausente. Y por más y más correos, mensajes, telefonemas, el silencio.
El marido andaba ya alborotado con unas faldas y oliendo “la leña de otro hogar”.

PASILLOS: Muchos años después, ni sus luces. Ni siquiera, vaya, en navidad y fin de año con el programa Guadalupe Reyes.
Basta y sobra referir que su señora madre falleció en el pueblo y tampoco la acompañó en el velorio y el sepelio, argumentando a los hermanos que era fácil salir de EU, pero muy difícil regresar.
Y, claro, nunca dio la cara a la esposa y los hijos abandonados en el pueblo.
La desintegración familiar llegó pronto. Un hijo fue asignado a unos abuelos. Otro, a otros. Y un tercero quedó con la madre y a rascar la vida todos los días a punta de guamazos.

VENTANAS: Las familias deshechas son la peor consecuencia de la tragedia migratoria. Un mal social en el que jamás una autoridad se ha detenido. Tampoco, parece, las ONG. Menos, las académicas universitarias.
Hijos crecidos con deformaciones morales, sicológicas y educativas. Esposas, en la aventura intrépida de cada día, laborando, en el mejor de los casos, como trabajadoras domésticas. Y por añadidura, a la quinta pregunta. En el día con día.
En todo caso, cierto, es ley de la vida. Pero la moral social, por los suelos. Pueblos minados y diezmados.


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