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Expediente 2021
Viernes 31 julio, 2020

Feminicidios indí­genas

El punto rojo en Veracruz, digamos, una especie de Alerta ímber, está ahora en las regiones indí­genas. Este año, ocho feminicidios. 6 hombres asesinados. Lo peor entre lo peor, veintiún desaparecidos.
El Observatorio de Violencia contra las Mujeres de la Universidad Veracruzana lo exhibe en el tendedero público.
Un Veracruz donde 6 de cada diez personas son mujeres.

Luis Velázquez

Donde solo hay unas treinta y cinco mujeres presidentas municipales de un total de 212 Ayuntamientos.
Donde unas cuantas son mujeres secretarias del gabinete legal en el gobierno de Veracruz.
Donde hay unas siete mil mujeres burócratas en el gobierno del estado, reducidas al escritorio, sin ninguna oportunidad de ascenso y justicia laboral.
Donde cada vez aparecen más ONG luchando contra el feminicidio.
Donde en el 99 por ciento de las mujeres asesinadas domina y predomina la impunidad.
En el caso de las mujeres indí­genas asesinadas, nadie dudarí­a que de entrada y como premisa universal inculparan al machismo, recrudecido y multiplicado por el consumo de aguardiente y cerveza.
También, digamos, quizá, al bajo í­ndice educativo y cultural, donde hay unas 550 mil personas analfabetas y un millón de paisanos con la primaria inconclusa y otro millón con la secundaria incompleta.
Todos los vientos, pues, desfavorables y huracanados contra las mujeres.
Un mundo sórdido y sombrí­o del que nada se espera con todo y los 78 gobernadores que han ocupado la silla embrujada del palacio.
La premisa universal es sencilla:
Si los feminicidios en las regiones urbanas y suburbanas de Veracruz han quedado en la impunidad, con muchí­simas razón más en las zonas indí­genas.
Uno, por la lejaní­a geográfica. Dos, por el aislamiento. Tres, por el confinamiento epidemiológico y que se padece desde hace cinco de los 7 meses del año desventurado que corre.
Cuatro, porque los feminicidios en las demarcaciones urbanas impactan más que en las latitudes indí­genas.
Cinco, porque en las regiones étnicas el asesinato de mujeres se olvida demasiado pronto.
Seis, por el silencio de los diputados locales y federales en sus distritos.
Siete, por el silencio atroz, indicativo y significativo de los presidentes municipales.
Ocho, porque nadie da seguimiento al rastro de la violencia, convertido ya, más que en un oleaje, en un tsunami.
Nueve, porque van 8 feminicidios en el mundo indí­gena de Veracruz y ningún familiar, amigo, vecino, conocido, encabeza una manifestación de protesta e inconformidad social.
Diez, porque ni siquiera, vaya, la prensa, la llamada gran prensa de Veracruz, se ocupa, tan entretenida que está retratando, primero, la lucha por el poder polí­tico, y segundo, al servicio de las tribus gobernantes en turno.
Once, porque las elites eclesiásticas han aplicado el principio francés de “dejar hacer y dejar pasar”, en tanto la sangre femenina escurre en la piel social.
Etecé. Etecé.

PANTOMIMA OFICIAL

La lucha contra el feminicidio es tarea descomunal.
Por ejemplo:
Decenas de libros, reportajes, crónicas, documentales, pelí­culas, cortos, foros y protestas han concurrido en el paí­s de norte a sur y de este a oeste, y sin embargo, continúa el crimen de mujeres.
Ciudad Juárez ocupó el primer lugar nacional en feminicidios y la artista Jennifer López y el actor Antonio Balderas filmaron una pelí­cula donde interpretan a reporteros documentando la realidad en la frontera norte y de nada sirvió.
Humberto Padgget publicó un libro sobre los feminicidios en el estado de México en el tiempo del gobernador Enrique Peña Nieto y ningún trascendido, más que, digamos, el enojo del futuro presidente de la república.
Decenas, cientos de familiares de mujeres asesinadas se han plantado en sus entidades federativas y en el zócalo clamando justicia y la respuesta ha sido el apapacho oficial, sin mayor resultado, pues los feminicidios siguen, inderrotables, imparables, inacabables.
Un tiempo, desde el lado oficial inculparon a los malandros. Luego, al machismo. Después, a la violencia alcohólica.
Y en dimes y diretes, la autoridad se la ha llevado, en tanto las mujeres siguen criminalizadas.
El último reality-show en Veracruz fue con el crimen de la reportera de Papantla, Marí­a Elena Ferral, cuando la Fiscal General, obsesionada con ser elegida por un periodo de 9 años, armó tremendo alboroto mediático deteniendo a 5, 6 personas de un total de once, doce, parece, asegurando que ya tení­an a los homicidas fí­sicos e intelectuales.
Y cuando en la LXV Legislatura, la bancada de MORENA convenció, ajá, a la mayorí­a de ratificarla en el cargo, en automático, la señora Verónica Hernández olvidó y archivó el crimen de la corresponsal del Diario de Xalapa.
Pura faramalla y pantomima la procuración de justicia por los feminicidios, Veracruz, en el primero o segundo lugar nacional.
Y sin embargo, el góber bendecido de López Obrador bendiciendo a su Fiscal General, con todo y su manifiesta incapacidad para estar a la altura de los graví­simos pendientes sociales con la procuración de justicia.
Y ni se diga la rara y extraña tolerancia, quizá complicidad, con el secretario de Seguridad Pública, expresado está que el cargo público le quedó demasiado largo, cuando, caray, en cuarenta dí­as, Fernando Gutiérrez Barrios y su equipo de seguridad pacificaron Veracruz frente a “La Sonora Matancera”, los carteles y cartelitos de entonces.
Por eso, los 8 feminicidios y los veintiún desaparecidos en las regiones indí­genas de Veracruz.


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