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Escenarios
Martes 14 julio, 2020

La Mil Usos

•40 años de faena
•La soledad de una vida

UNO. Durmió en la cama

A las 6 de la tarde del viernes 10 de julio, la trabajadora doméstica, Celia Miranda, dijo a la patrona: “Me siento mal. Me duele la cabeza y tengo mareos. Todo está listo para la cena. Me acostaré un rato”.

Luis Velázquez

En su recámara rezó un padre nuestro ante la estampita de la Virgen de Guadalupe y se acostó.
Ya no volvió a levantarse. Murió en el sueño. Un ataque cardiaco se la llevó a los sesenta años de edad.

DOS. Cenizas, nadando en el Golfo de México
La patrona descubrió su muerte hacia las 8 de la noche cuando debían calentar los alimentos para la cena. Y como Celia no salía de su recámara, entonces, la fue a buscar.
De sesenta años de edad, Celia llegó a la casa de la patrona a los veinte años. Laboró con ellos durante cuarenta años, diez más de los establecidos por la Ley Federal del Trabajo para jubilarse.
Y como ella había quedado soltera, entregada su vida a los patrones y a los hijos, sin hermanos con quienes convivir y estar, fallecidos los padres, entonces, llamaron a la funeraria para que la cremaran y tiraran las cenizas en el Golfo de México como era su deseo tomado, por cierto, de una película con Ana de la Reguera.

TRES. Quiso la patroncita tiempo completo
Muchas cosas se ahorraron los patrones con ella. El Seguro Social. El INFONAVIT. La indemnización. La jubilación.
¡Suertudos!
Ella era originaria de Paso del Macho y luego de la secundaria caminó a la ciudad de Veracruz para estudiar el bachillerato y emplearse de lo que se pudiera. Solo encontró oportunidad como trabajadora doméstica.
Pero como la patrona era exigente y tenía dos niños menores de 5 años exigió tiempo completo.
Y dijo adiós a su legítimo sueño del bachillerato. Incluso, nunca se ocupó de continuar los estudios.

CUATRO. Los niños le llamaban mamá
Los niños llegaron a quererla tanto que le llamaban mamá. De hecho y derecho, fue la nana, pero también los cuidaba en las enfermedades, y más aún, cuando los patrones salían de viaje y ella era todo.
Incluso, cuando la niña terminó la universidad y se casó, pidió a Celia que se fuera con ella, pero la madre se negó.
“Estamos viejos y la necesitamos más que tú” fue el argumento.

CINCO. La Mil Usos
Vivía Celia con los patrones. Y el salario era de 300 pesos diarios y se encargaba de todo. Desde la limpieza de la casa hasta la cocina. Desde la lavada de ropa hasta la planchada. Desde hacer los mandados con el chofer que la trasladaba a la plaza comercial hasta preparar la cena cuando tenían invitados.
Ni el domingo, vaya, descansaba. Los domingos eran como cualquier otro día. Casi casi una hacienda porfirista… que la vida es así para las trabajadoras domésticas que aceptan vivir en la casa de los patrones.

SEIS. Años en la soledad
Ni una cruz quedó en el panteón para llevar flores. Acaso vivirá durante un tiempecito en el recuerdo familiar.
Su paso por la tierra se redujo a barrer y pasar jerga, cocinar y lavar y planchar y en las tardes, a mirar las telenovelas y una que otro película mexicana en su recámara, sola, sin hablar con nadie.
Y lo más duro, sin una compañía masculina, pues ni tiempo existió para los zangoloteos del corazón.
La vida de una mujer, confinada al silencio. Los días y los años, sin dejar huella familiar ni social.


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