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Expediente 2020
Martes 26 mayo, 2020

La peste del insomnio

Hay otra pandemia peor que el coronavirus. No es la peste ni una nueva versión del Sida. Tampoco la fiebre negra. Es la peste del insomnio. El tiempo cuando nadie puede dormir en un pueblo y todos pasan las noches en vela. Y un día llega la segunda fase. El tiempo del olvido, cuando la población empieza a olvidar todo, absolutamente todo, digamos, como si el mundo padeciera Alzheimer en sus peores circunstancias.

Luis Velázquez

La peste del insomnio está contada en la novela “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Sucedió en Macondo. Durante mucho tiempo nunca existió cura. Ni siquiera, vaya, los gitanos con sus inventos maravillosos y deslumbrantes fueron capaces de inventar una pócima en tiempo y forma.
Un día, temerosos de que la peste del insomnio les cayera encima porque caminaba de calle en calle y de casa en casa en el pueblo, una familia decidió migrar en el día delante de todos para evitar la maldición aquella.
Después, otra familia la siguió. Y otra. Y otra, hasta que Macondo empezó a quedar solo, apenas, apenitas, habitado por fantasmas.
Llegó un día cuando “todo el día la gente soñaba despierta”. Soñaba, de noche. Pero luego, conforme la peste fue adueñándose de las horas, los días, las noches, las semanas, los meses, la población soñaba despierta, contándose las cosas imaginadas en el insomnio en la noche, pero también, las cosas deseadas.
Y lo peor, a pesar de que la población permanecía despierta toda la noche, sin ni siquiera cabecear o echarse un coyotito, nadie se cansaba. Todos estaban llenos de energía, vitalidad y bilirrubina.
Al principio, José Arcadio Buendía festinaba la peste del insomnio. Mejor, decía, así estaré despierto más tiempo para seguir inventando cosas, las cosas que los gitanos en el paso por el pueblo le habían enseñado. Sobre todo, enseñado a soñar a tal grado que su esposa y los vecinos le dijeron que comenzaba a estar loco.
Luego, cuando la peste del insomnio se había extendido en el pueblo, José Arcadio comenzó a ocuparse y preocuparse.
Una noche, por ejemplo, descubrió en la oscuridad unos ojitos flameando y relampagueando desde un rincón de la recámara.
Era la niña Rebeca, que con su madre adoptiva habían huido de otro pueblo donde la peste del insomnio pegaba duro, pero la niña ya estaba contagiada.
Fue cuando José Arcadio supo de la peste del insomnio y festinó. Pero luego, Macondo infectado, se puso en alerta.

NADA DETUVO LA PESTE DEL INSOMNIO
El COVID solo puede librarse y/o en todo caso, curarse, a partir del confinamiento en casa. “Prohibido morirse de coronavirus” advirtió el presidente municipal de Soconusco, ahora con un Cristo redentor de más de 8 metros de altura en el centro del pueblo para ahuyentar el mal. El bichito se libra, dijo el góber precioso de Puebla, Miguel Barbosa, con un plato de mole. Se cura, corrigió Amlove, con una estampita de Jesús con la leyenda de “Detente enemigo”.
Desde entonces, hemos vivido enclaustrados unos tres meses y estamos hartos.
Pero…, habría de preguntarse, por ejemplo, si la peste del insomnio y el olvido son peores.
Por ejemplo, en Macondo, cuando José Arcadio Buendía descubrió el mal en el pueblo tuvo la genial ocurrencia de que si todo mundo olvidaba el nombre de las cosas y la utilidad de cada una, entonces, lo mejor era poner letreritos en cada cosa.
Y los pusieron. Luego, sin embargo, descubrieron, por ejemplo, que habían puesto el nombre de “silla” a una silla, pero nadie sabía su utilidad.
Y junto al letrero de “silla”, le ponían que servía para sentarse y hasta dibujitos pusieron y que los niños hacían en la escuela.
Así por el estilo. Pero de pronto, la gente empezó a olvidar el significado de las palabras y quedaba atónita, deslumbrada, sorprendida, con el montón de garabatos inscritos en cada cosa con su nombre.
Fue la peor señal de alarma. Macondo quedó totalmente vacío antes, mucho antes, pensó, creyó la gente, de infectarse.
Era demasiado tarde. La peste del insomnio perseguía a todos así se escondieran en las cuevas rupestres de las montañas del mundo.

UN GITANO LLEVÓ LA PÓCIMA
En aquel tiempo del desastre, una tarde/noche llegó a Macondo un hombre que al principio nadie conocía.
Llegó derecho, derechito, a la casa de los Buendía pues era la casa de referencia en el pueblo donde todo mundo paraba para actualizarse de los chismes aldeanos.
Se llamaba Melquíades. Tiempo antes se había ido con los gitanos cuando pasaron por ahí soñando con una gitana de 9 años de edad que lo enloqueció en una fiesta popular.
Melquíades entró a la sala gigantesca de los Buendía y ocupó una silla. Y ahí se quedó mirando, sin hablar. José Arcadio fue avisado y se presentó. Y quedó atónito. No sabía su nombre ni lo recordaba. Estaba cambiado. Casi casi, rejuvenecido, a partir de los elíxir que había tomado durante mucho tiempo para conservar “la eterna juventud”.
Se presentó con José Arcadio. Felices, platicaron. Y Arcadio le contó de la peste del insomnio deseando saber si en otros pueblos también.
Melquíades fue contundente. Traigo la medicina, dijo. Y le mostró unos frasquitos con la pócima.
Haz la prueba, pidió a José Arcadio… que también había comenzado con los estragos del olvido.
Y la pócima fue milagrosa. Luego enseguida, José Arcadio fue recuperando la memoria y hasta tuvo tiempo para bostezar. Tengo sueño, dijo.
Y Macondo volvió a poblarse.
Años después, el general Aureliano Buendía llevaría a su nieto a conocer el hielo, el descubrimiento más alucinante de aquel tiempo, inventado por los gitanos.


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