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8 Columnas
Viernes 22 mayo, 2020

A Cien por Hora


Al bar donde suelo ir en San Antonio

Ricardo Rubín

BANDERAZO DE SALIDA.- Al bar donde suelo ir en San Antonio cuando me siento triste o sediento va también un grupo de bebedores silenciosos que hacen poco ruido... La rockola que hay ahí siempre está apagada, pero a mí me gusta echarle monedas para oír...

Tomado de zocalo.com.mx

viejas baladas en las voces jóvenes de Sinatra, Perry Como y Dinah Shore… Una tarde lluviosa Marlene, la cantinera, que estaba muy comunicativa, comenzó a contarme una historia sobre su tercer marido. Marlene es grande, con un pelo rojizo y de 50 años de edad bien vividos y disfrutados. Posee una basta experiencia en muchas cosas… Me estaba hablando de lo canalla que resultó su tercer marido cuando entró al bar una muchachita delgada y con unos ojos grandes y asustados. No tenía más de 22 o 23 años de edad, y Marlene le tuvo que pedir su identificación para poder servirle la bebida que había ordenado… Marlene y yo seguimos charlando, pero cuando los discos que yo había puesto terminaron, la joven había puesto la misma canción y aquello me hizo verla con simpatía.

CURVA PELIGROSA.- Marlene terminó su historia y entonces se puso a platicar con la recién llegada, y casi enseguida me había también enganchado en la conversación, y después que la desconocida y yo estábamos charlando animadamente, Marlene se retiró a seguir leyendo la sección de anuncios de Corazones Solitarios de la revista “Vidas Verdaderas”… La joven me dijo que se llamaba Ginny, que era Nueva York, y que acababa de llegar a San Antonio. Trabajaba como enfermera en un gran hospital y la paga era buena. En Nueva York había más enfermeras que pacientes, y además ella estaba fastidiada de esa jungla de asfalto y de los peligros que la amenazaban.

RECTA FINAL.- Después se fue y nos encontramos una vez más en el mismo bar porque Ginny me quiso mostrar la última carta de su novio, que estudiaba periodismo en Nueva York, y en la que hacia mil preguntas y le contaba muchas cosas… “Yo quiero mucho a Denny”, me dijo Ginny, “pero sus cartas son una pesadilla para mí. Yo no sé escribir y me temo que voy a perderlo”… Bien, a mí siempre me ha gustado llenar páginas con tonterías, y como me educaron bajo la consigna de que a una dama en apuros siempre hay que ayudarla, le sugerí cómo podía contestarle. A Ginny se le iluminaron los ojos y hasta insistió en invitarme otra cerveza, así que acepté y entre los dos confeccionamos la carta más romántica que se puedan imaginar. Yo creo que Denny quedó muy sorprendido porque tardó más de una semana en contestarle, y cuando lo hizo parecía más enamorado que nunca de Ginny, y hablaba de cosas como “espíritus afines” y “corazones gemelos” y otras tonterías así.

META.- La correspondencia entre Ginny y yo con Denny se hizo regular y nutrida. Denny decía a veces cosas que podían derretir un trozo de hielo porque extrañaba los besos, las caricias la presencia de Ginny. Le contestamos en el mismo tono, y después caí en cuenta que Ginny no era la muchachita tan pura y recatada que yo pensaba. Al parecer, sus relaciones con Denny habían sido bastante tempestuosas, y el muchacho extrañaba mucho todo aquello. Ginny desapareció un día para regresar con su amado a Nueva York, pero me dejó una tarjeta de despedida con Marlene que firmaba: “De Ginny y Denny”.


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