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Expediente 2020
Viernes 22 mayo, 2020

Tiempo del desprecio

Tanto es el tiradero de cadáveres en Veracruz que la dinastía política de MORENA vive el tiempo del desprecio y del menosprecio. Basta recordar, y nunca olvidar, el asesinato de dos niños en Papantla y dos más en Tierra Blanca.
Los malandros llegaron a Papantla el 3 de abril al mediodía. Y rafaguearon a tres mujeres, y a una niña y un niño. Y un tercer niño salvó la vida porque se tiró a una barranca.

Luis Velázquez

Días después, otro par de niños fueron asesinados en Veracruz en los límites con Acatlán de Pérez, Figueroa, Oaxaca.
Entonces, las horas y los días y las semanas fueron transcurriendo en camino de espinas y cardos, y nunca, el gobernador, el secretario General de Gobierno (tan aplicadito en todos los menesteres), el secretario de Seguridad y la Fiscal General, una sola palabra.
Casi casi, como si los cuatro asesinatos de niño ocurrieran en otro planeta del sistema solar, el más lejano.
Inverosímil el silencio. Insólita la indiferencia, el desdén, el menosprecio y el desprecio. Mejor era Himmler, el temible policía de Adolf Hitler, quien en la madrugada cuando llegaba a casa se quitaba los zapatos y entraba por la puerta trasera para evitar despertar un canario al que a la hora del desayuno le chiflaba y cantaba.
El cuarteto de funcionarios de MORENA en el gabinete estatal habría creído que con su silencio, los homicidios de los menores serían pronto, digamos, olvidados.
Por eso, el ciudadano común y sencillo enterado de tales crímenes se pregunta una y otra vez cómo es posible tanta indiferencia, tanto desdén, tanto desprecio.
Claro, Herodes ordenó el asesinato de los niños de Jerusalén y siguió emborrachándose con su bailarina en turno.
Pero en Veracruz hay un gobierno de izquierda, campeón nacional en la defensa de los derechos humanos.

EN CADA HOMICIDIO SE ASESINA EL CORAZÓN HUMANO
Cada vez que un niño es asesinado en Veracruz (van más de cuarenta en el último año y medio) se asesina el corazón humano. Se mata la dignidad. Se destruyen las almas.
Se derruyen las ganas de vivir y de luchar. Se aniquila la energía social. Se desanima a todo un pueblo.
Y las familias quedan en el desamparo total y absoluto. La infelicidad para el resto de la vida. Vidas frustradas. Niños inocentes por más y más pecados veniales o mortales cometidos, digamos, por los padres.
Pero más peor, imperdonable el silencio del aparato gubernamental.
No puede. Está rebasado. Los carteles y carteles, los sicarios y pistoleros, malandros y malosos, van ganando la batalla y arrinconado en el principio de Peter, y entonces, mejor se ponen un bozal para, según ellos, librarla, apostando al olvido social.
Impresiona más, mucho más, el silencio del secretario de Seguridad Pública. ¡Pobrecito, no puede!
También, el silencio de la Fiscal General. La reinis.
Se dirá que Amlove ha dicho que los malandros son seres humanos y necesitan la misericordia. Incluso, hasta amnistía ofreció. Más todavía, muy decentito, saludó de mano a la madre de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo. Y hasta nombró una comisión para cabildear en Estados Unidos la extradición de su hijo sentenciado a cadena perpetua.
Y como el góber jarocho de Amlove es mimético y repite igual que copia Xerox cada una de las acciones, gestos, del presidente de la república, entonces, quizá, creyó que con el silencio sobre los crímenes de los niños de Papantla y Tierra Blanca saldrían ilesos.
Se vive y padece el peor de los tiempos del desprecio.
Los derechos humanos de los niños muertos en el peor atropello de la historia nacional.

EL SILENCIO COMO LENGUAJE DE LA IZQUIERDA
Hay, por ejemplo, cincuenta diputados locales en la LXV Legislatura. Ninguno se ocupó en sesión parlamentaria de los asesinatos de los cuatro niños. Jamás, tampoco, una palabra.
Terrible, porque significa, primero, que les vale.
Segundo, que están habituados al tiradero de cadáveres.
Tercero, que más, mucho más les ocupan las reformas electorales que la vida de cuatro niños.
Y, bueno, cuando por mero protocolo “se rasgaron las venas” con el crimen del diputado priista, Juan Carlos Molina Palacios, y hasta integraron ultra contra súper Comisión para dar seguimiento y a la fecha ya nadie se acuerda, ni siquiera el titular, entonces, nada puede esperarse.
Y eso que alardean ser representantes de los 8 millones de habitantes de Veracruz, entre ellos, los cuatro niños asesinados.
Además, el silencio de la Comisión Estatal de Derechos Humanos.
Nada, absolutamente nada, alumbra el largo y extenso túnel del desprecio y la indiferencia y la incompetencia oficial en Veracruz.
Y sin consultar la bolita de cristal, el tiradero de cadáveres, entre ellos, de niños, seguirá en Veracruz, entre otras cositas, debido a tanta impunidad.
Y es que si los carteles o cartelitos, malandros o malosos, asesinos de niños fueran detenidos y sometidos a proceso penal y condenados, Veracruz sería, podría ser, empezaría a ser el paraíso deseado.
Los políticos, sin embargo, están ocupados en el ejercicio del poder y en coleccionar más poder y, claro, en el billete fácil.
La política y la tarea de gobernar, ejercida con sentido patrimonialista.
Y los morenos, igual que los panistas y los priistas y los perredistas, en la ambición del poder y la codicia.
Nunca Herodes tuvo reproches de conciencia ordenando la masacre infantil.
Y la historia se repite.
Niños asesinados con Cuitláhuac García. Niños asesinados con Miguel Ángel Yunes Linares. Niños asesinados con Javier Duarte.
Incluso, hubo tiempo cuando los niños ejecutados fueron acusados de formar parte de los carteles.
El cinismo en su más alto decibel. La ruindad moral, social y política.


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