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Martes 23 julio, 2019

La vida de un reportero

•Camino de espinas y cardos •Ficticio mundo de la opulencia

UNO. Los dos mundos de un reportero

Antonio Andrade era cordobés y fue reportero del Excélsior de don Julio Scherer García en el siglo pasado, tiempo cuando Luis Echeverría Álvarez asestó un golpe de Estado y más de 150 reporteros, fotógrafos, editores y secretarias fueron lanzados del periódico incómodo para el presidente de la república.

Luis Velázquez

En misiones reporteriles recorrió el país y estuvo cerca y lejos de las estructuras del poder.
Para Antonio Andrade, un trabajador de la información suele vivir dos mundos el mismo día.
El mundo de la opulencia y el mundo de la escasez.
La opulencia cuando anda en tareas periodísticas, digamos, cerca de las elites políticas y los poderosos.
Desayunos, comidas, cenas, alcohol, edecanes, y en aquel tiempo, embutes para todos.
Y la jodidez, cuando en las noches, el reportero vuelve a casa y enfrenta una serie de limitaciones económicas y sociales estrujantes, y en donde por lo general, se vive “con la medianía del salario” y si de pronto un hijo enferma, entonces, salir corriendo al Monte de Piedad para empeñar el único patrimonio como es el anillo de matrimonio, o en todo caso, pedir prestado a los padres o los hermanos.

DOS. La opulencia y la jodidez

Un periodista suele vivir la opulencia cuando, por ejemplo, viaja como enviado especial en la comitiva presidencial al extranjero y entonces, conoce mundos insospechados donde lo tratan como príncipe y en la búsqueda de la información hasta le entregan los boletines de prensa y dan una revolcadita al texto y lo envían a su periódico con el epígrafe de exclusiva o reportaje especial.
Pero de igual manera vive en el mundo estrecho cuando cada mes, por ejemplo, ha de pagarse la renta de la casa y la colegiatura de los niños y comprar la ropita y los zapatos.
La opulencia cuando las elites políticas se ponen, digamos, a sus órdenes y los tratan de maravilla para arriba y las limitaciones cuando un familiar muere (el padre, la madre, un hermano) y ha de pedirse prestado a quien se pueda para los gastos del sepelio.
La estrechez cuando de pronto se tienen emergencias de otro tipo, por ejemplo, una operación quirúrgica donde el familiar está entre la vida y la muerte (una peritonitis, digamos) y nadie hay alrededor para un préstamo, y la opulencia cuando en una francachela los jefecitos de prensa pagan botellas de whisky y mesalinas.

TRES. Camino de espinas y cardos

En todo caso, se trata de la histórica leyenda del “tiempo de las vacas gordas y las vacas flacas”.
Y por añadidura, nada mejor, como dice el chamán, de ahorrar hasta donde sea posible en el tiempo de las vacas gordas, porque en la vida suelen existir más días y noches de espinas y cardos.
Los dos mundos de un reportero son los mismos, por ejemplo, vividos por los políticos, los funcionarios públicos, las edecanes, las modelos, los artistas, los empresarios encumbrados y los líderes sindicales, entre otros.
Con todo, la vida es canija.
El padre de un reportero falleció y el compita extendió la mano a varios políticos para cubrir los gastos del sepelio.
Un hijo menor de otro reportero necesitó operación de emergencia y lo primero fue tocar la puerta de varios políticos hasta juntar el dinerito de granito de maíz en granito como los pollitos y las gallinitas.
Bien llamó Luis Spota a una de sus novelas estelares: “Muchas cornadas da el hambre”.


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