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Expediente 2019
Viernes 03 mayo, 2019

Guerra en Veracruz

Hay una guerra en Veracruz. Es una guerra que dura 27 años y medio. Un tiempo fue una guerra subterránea. Después, como el topo de Carlos Marx, se ventiló en la cancha pública.
Quizá algunos habrán olvidado el pasado, cuando iniciara en el sexenio de Patricio Chirinos Caleros. Y cuando se mantuviera con Miguel Alemán Velasco. Y se recrudeciera con Fidel Herrera Beltrán.

Luis Velázquez

Y alcanzó “la plenitud del pinche poder” con Javier Duarte. Y se extendiera con Miguel Ángel Yunes Linares.
Y cierto, cuando MORENA entró al palacio de gobierno de Xalapa, la guerra de los carteles ya estaba aquí. Pero 5 meses después de la era Cuitláhuac García, aquí continúan, tan intensos como el primer día.
En la antigua Grecia, escribió John Steinbeck en su libro de crónicas “Hubo una vez una guerra”, se decía que era necesaria una guerra por lo menos cada veinte años para que todas las generaciones supieran lo que es”.
Pero esta guerra ya lleva casi 28 años, y nada, absolutamente nada, indica que pronto terminará. Incluso, se ha caído en tremendos disparates como cuando el góber de AMLO dijera que “pronto vendrán tiempos bonitos, bonitos entre los bonitos”.
En esta guerra se ha llegado a la locura humana. Niños asesinados. Mujeres asesinadas. Jóvenes asesinados. Ancianos asesinados. Hombres asesinados.
En un principio, en el Chirinismo, la guerra empezó con bajo perfil. Incluso, fue subterránea. El capo José Albino Quintero Meraz, el precursor de los barones de la droga en el territorio jarocho, traficaba droga de sur a norte del país desde su sede en la ciudad jarocha.
Y aun cuando también existían ajustes de cuentas, todo indica, se reducía a entre ellos por la plaza.
Entonces, nunca, parece, cadáveres tirados en las calles y avenidas y a orilla de carreteras y entre cañaverales y flotando en los ríos, lagunas y arroyos.
Algunos quizá se encargaban de la operación limpieza, el químico de los malandros para desaparecer las huellas y los estragos de la lucha sórdida.

TIERRA FÉRTIL DE LOS CARTELES

Incluso, en el siguiente sexenio, Miguel Alemán Velasco se compró una casita en el Frac. Costa de Oro, de Boca del Río, y se convirtió en vecino de Quintero Meraz, quien, siempre contó la leyenda, tenía doce casas de seguridad en el mismo fraccionamiento.
Y si en el transcurso del Alemanismo, Quintero Meraz fue detenido y enviado al penal de Almoloya se debió a que el comandante de la Zona Militar de La Boticaria lo detectó una mañana temprano cuando se ejercitaba en Costa de Oro y miró una camioneta que, confirmó, estaba blindada y siguió la pista.
Aquella encarnizada persecución de los militares al capo concluyó en otra casa de seguridad que tenía en la colonia Playa Linda, en el norte de la ciudad de Veracruz.
En el tiempo sexenal de Fidel Herrera Beltrán, los carteles aumentaron, también, con bajo perfil, aun cuando con operativos siniestros y sórdidos.
Por ejemplo, en la leyenda popular siempre se aseguró que los carteles cogobernaban en los penales de Veracruz y como en el caso del penal de Pacho Viejo tenían la concesión de los negocios, uno de ellos, la venta diaria de tortillas para todos los presos.
Entonces, y en el trascendido social, hacia el final del fidelato les debían sesenta millones de pesos y el cartel en turno amotinó a los presos para exigir el pago y “antes de que el gallo cantara tres veces”, Fidel se movilizó de la Cuenca del Papaloapan donde estaba para negociar.
El colmo fue con Javier Duarte.
Parte de los políticos, jefes policiacos y policías se aliaron con los carteles y se incurrió en la desaparición forzada, el delito de lesa humanidad que nunca prescribe, con todo y que en Veracruz está considerado un delito de bajo perfil, sin que al momento a ningún diputado local se le haya ocurrido modificar la ley.
Y fue en el duartazgo donde la moral de la población quedó arruinada. En el peor momento de la historia local. Nunca como entonces, en Veracruz los desaparecidos llevaron a las madres con hijos levantados a formar Colectivos.
En la yunicidad, decía el Solecito, también hubo desaparecidos. Y aun cuando Yunes Linares encarceló a jefes policiacos y al procurador de Justicia de entonces y a 68 policías, acusados de desaparición forzada, la ola de violencia siguió creciendo en tierra fértil, el paraíso terrenal para los carteles.

LA POBLACIÓN ESTÁ LLENA DE MIEDO

Muchos estragos sociales, sicológicos y siquiátricos ha dejado esta guerra y que además podría resumirse en las siguientes palabras: el miedo que la población siente de manera constante.
Miedo a un secuestro, a un levantón, a una bala perdida, miedo a la muerte repentina.
Hay pueblos, por ejemplo, que cada día la pasan en un virtual Estado de Sitio, en un virtual Toque de Queda, y apenas anochece se encierran en sus casas.
Negocios y empresas cerradas. Población migrando a otras entidades federativas. Hijos huérfanos. Mujeres y padres viudos. Masacre en Soledad Atzompa. Masacre en Córdoba. Masacre en Minatitlán. Masacre en los límites de Isla y Rodríguez Clara. Masacre en Mixtla de Altamirano. Veracruz, chorreando sangre por todos lados.
Escribió John Steinbeck en 1958 sobre la Segunda Guerra Mundial:
“Ahora, desde hace algunos años, todos vivimos en un ambiente impregnado de miedo y no produce nunca nada bueno, pues nuestras almas van siendo envenenadas lentamente por el miedo”.
Lo decía el poeta español, León Felipe: lo peor del miedo es el miedo al miedo.
Hay una guerra en Veracruz que dura desde hace 27 años y medio y expresa la insólita capacidad de la población para resistir la adversidad avasallante y demoledora que, por fortuna, se está rebelando como en el caso de Atzompa donde los vecinos detuvieron, lincharon y quemaron vivos a 6 malandros.
Es la única salida que la autoridad está dejando a la ciudadanía, con todo y los riesgos de Las Choapas, donde unas autodefensas fusilaron a tres turistas a quienes confundieron con secuestradores.


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