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Diario de un reportero
Sábado 30 diciembre, 2017

Nostalgia de la aldea

Pueblo mágico, ajá
•Vivir soñando

Luis Velázquez

Es el pueblo donde en toda su vida una sola vez sirviera como escenario cinematográfico para una película, tipo los hermanos Almada, filmada, entre otros, por Augusto Benedico, y quien entonces fue una revelación estremecedora para las mujeres.
Y en donde un alcalde se llevó el kiosco del parque a su casa para que sus hijos jugaran a “los encantados”.

LUNES
El encanto aldeano


Hubo un tiempo donde el presbítero del pueblo era un sacerdote con las mismas debilidades humanas que Marcial Maciel, pero con un plus. El curato y la iglesia eran el refugio de unos cincuenta perros callejeros que acompañaban a los feligreses arrodillados en el confesionario.
Y en donde también se dieron y concitaron las grandes peleas entre los sinarquistas, comendadas por un devoto campesino que cada mes repartía el periódico oficial del partido político de oposición.
Y en donde los ladrones se robaban las cruces del panteón para venderlas en el puerto jarocho.
Y que significaba una gran fiesta para los niños cuando llegaba el circo desfilando con un montón de elefantes, desde mamá y papá elefante hasta los elefantitos formados en fila india, uno tras otro, en un paisaje imborrable.
(Una chica del pueblo se enamoró en quince días del domador de leones y se fue con él para que también la domara).
Y en donde después llegaban los gitanos a leer la buena suerte y exhibir películas en la tarde/noche, y en donde una de las gitanitas estremeciera el corazón de un joven estudiante de secundaria y le escribiera en cinco días diez poemas de amor y una canción desesperada.
Fue aquel tiempo cuando el único guitarrista y compositor del pueblo, Renato Cortés, estremecía a las muchachas con sus serenatas y sus ojos verdes, a tal grado que lo preferían al novio que por desgracia quedaba “vestido y alborotado”.

MARTES
El río Jamapa


En una orilla el pueblo está bañado por el río Jamapa que navega aguas abajo por debajo del puente del ferrocarril que siempre estaba unido por unos tablones que parecían huaraches de campesinos y creaban la sensación vertiginosa de que al paso de los camiones de carga se desplomaría.
El río Jamapa tenía (ha de tener quizá) una especie de playita en un recodo donde daba la vuelta y que significaba el paraíso donde se jugaba volibol y futbol en las tardes y se prendía una fogata en las noches y se cantaban canciones populares y se tomaba una que otra copita.
Y en donde aguas abajo las parejas se escondían entre los matorrales para el amor furtivo.
Un caminito polvoriento llevaba del pueblo al río Jamapa. Entonces, estaba deshabitado y a los lados era puro monte. Y constituía la única diversión y se volvía una algarabía los sábados y domingos cuando, claro, el río era el más pacífico del mundo en el estiaje, y el más impetuoso y frenético en la temporada de lluvias, a tal grado que sus aguas se tragaron a osados y temerarios campesinos que se atrevían a cruzarlo montados en sus caballos.

MIÉRCOLES
La nostalgia del tiempo


Debajo del kiosco en el parque y a los lados cada sábado en las noches se bailaba danzón con la orquesta de “El cabito”, un señor de baja estatura, gordito gordito, sonriente sonriente, sólo rebasado en edad y leyenda por otro señor que nunca hablaba pero que siempre vendía cacahuates bien tostados en cucuruchos.
A un lado del parque, frente a la iglesia, estaba el cine “Soledad”, un viejo recinto con paredes de madera, con bancas de madera, tan viejas que los cinéfilos terminaban adoloridos de las espaldas y de las nalgas, y en donde fue un escándalo la exhibición de la película “La cucaracha”, con María Félix, a tal grado que desde la homilía dominical y todas las tardes en el rosario el sacerdote lanzaba truenos y centellas y la prohibía, bajo la advertencia de la excomunión.
A un lado de la iglesia había una cancha de basquetbol que alcanzara la plenitud cuando unos jugadores de color originarios de Estados Unidos, los Harlem, incluyeron de pasada al pueblo, porque dos equipos, “Los argos” y “Los zigzag”, alcanzaron la fama nacional en una gira deportiva de norte a sur y de este a oeste del país.

JUEVES
Vivir soñando


Los jóvenes de entonces se divertían, además, de la siguiente manera:
Algunos fines de semana la autoridad organizaba kermeses en el parque, donde la mitad de los jóvenes y la otra mitad solían casarse como parte del reality-show y con suerte hasta servía para el primer besito de la vida y con más suerte hasta el primer amor.
Luego, muchos se iban al cementerio del pueblo, en ningún momento para visitar a los muertos, sino para grabar sus nombres en la corteza de los árboles grandes y frondosos y encerrarlos en un corazón gigantesco.
Después regresaban al parque a sentarse una, dos horas, en las bancas y a platicar cada quien con sus amigos del barrio y de la escuela, hasta que una noche hubo madrazos secos y desde entonces había policías conservando la paz provinciana.
Y con todo, los muchachos continuaban soñando con un mundo que empezaba y terminaba en el pueblo, sin mirar más allá.

VIERNES
Felices e indocumentados


No había cafés en el pueblo. Sólo quizá, ofreciendo cafecito de olla alguna fonda en el mercado, poblado por perros callejeros.
Pero había cantinas. Una de ellas, “El gato negro”, donde como atractivo daban las mejores botanas de que se tenga memoria. En la primera cerveza, un caldo. En la cerveza número dos, unos tacos. En la cerveza número tres, una salsita de chicharrón. Y así, en cada tanda.
También había, oh maravillas de la naturaleza, dos prostíbulos. Uno se llamaba “El burro”, donde cada fin de semana llegaban trabajadoras sexuales de otros pueblos; la mayoría menores de treinta años de edad.
El otro se llamaba “El cafetal”, donde la reina era una señora blanca, de cabellera larga, de unos 35 años, a la que apodaban “La quinceañera”, porque fue la iniciadora sexual de todos los jóvenes del pueblo, a quienes prefería por encima de los clientes maduros… y que Diosito tenga en el cielo por tanta felicidad que sembró en su paso por la vida.
Por desgracia, el prostíbulo “El burro” fue clausurado cuando un sábado en la madrugada, los cuerpos y las almas olorosas a licor, unos parroquianos disputaban a una cortesana y de los agravios verbales pasaron a los golpes y a los tiros y dos clientes fueron asesinados, padres de familia que eran en el pueblo; uno de ellos, el síndico del Ayuntamiento en turno.
Se llama Soledad de Doblado y de aquel pueblo sólo queda la nostalgia del tiempo vivido cuando, como tituló el Gabo uno de sus libros de crónicas: “Éramos felices e indocumentados”.


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