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Jueves 30 noviembre, 2017

Cuatro horas para una denuncia

•Tiempo de la justicia azul •Reportero asaltado

Uno. Justicia en la yunicidad

La justicia en Veracruz se imparte con el siguiente estilo personal de ejercer el poder y gobernar:
La semana anterior, en Xalapa, robaron la motocicleta al reportero Carlos Hernández, de Reportever y Crónica y que constituye su instrumento

Luis Velázquez

diario de trabajo, pues todos los periodistas policiacos en el mundo se mueven en motos, pues resulta más fácil y efectivo.
Entonces, a diferencia de miles de personas que se abstienen de interponer una denuncia penal por el alto índice de desconfianza social, decidió interponer la suya.
Uno de sus amigos, el corresponsal de Proceso, Noé Zavaleta, lo acompañó y como uno de ellos cree tener amistad y confianza con el Fiscal Jorge Wínckler le enviaron un mensaje solicitando apoyo, digamos, facilidades para la denuncia.
La respuesta fue, digamos, institucional, quizá porque estaba ocupado haciendo paella para los amigos:
“Ve a la oficina de la Fiscalía más cercana”.
Así, con el mensaje divino, casi casi el Decálogo entregado a Moisés, quizá el resplandor a Pablo camino a Damasco, el par de reporteros fue a la oficina más cercana.
Eran las 5:30 de la tarde.
La burócrata de la dependencia escuchó el agravio y les dijo:
--Tres copias de tu credencial de elector.
--Aquí los traigo, dijo Carlos Hernández.
--Tres copias de la factura.
--Aquí las traigo.
--Tres copias de tu acta de nacimiento.
--Aquí las traigo.
--Tres copias de tus pagos actualizados de impuestos.
--Aquí las traigo.
--Tres copias de tu domicilio actual.
--Aquí las traigo.
El otro reportero preguntó a la secretaria si necesitaban tres copias de su acta de matrimonio.
La chica lo dejó turalato con su mirada.

Dos. La llamada incómoda

Entonces, les dijo que caminaran por el pasillo hasta el fondo y ahí encontrarían a la secretaria en turno para levantar la denuncia y entregaran sus copias.
--Ya está ahí la secretaria? preguntó Carlos.
--Llega a las 6 en punto.
Dieron las 6 y las 6:15 y las 6:30 y las 6:45pm, y la secretaria que levantaría el oficio ni fu ni fa.
Hacia las 7 de la noche, el par de reporteros miraron el reloj pues tenían pendiente la chamba en sus periódicos y regresaron con la secretaria de la recepción.
--No tarda, dijo de manera escueta, ahorrativa con las palabras para, digamos, ahorrar saliva, tiempo y espacio, ocupada con las redes sociales.
Hacia las 7:15 de la noche, quizá 7:25pm, de nuevo insistieron, y entonces, la secre los dijo que caminaran un pasillo más adelante y ahí los atenderían.
Sonó el celular de uno de ellos. Era el jefecito de prensa del Fiscal elegido por nueve años, igual que su antecesor, Luis Ángel Bravo Contreras, “El Fisculín”, y quien acosado por la yunicidad renunció para, digamos, vivir en paz el resto de su vida.
--Jefe, dijo el vocero, ya me enteré. Dime, ¿en qué te puedo servir?
--Gracias, hermanito, pero aquí estamos.
--Oye, dijo el vocero, una preguntita: ¿La motocicleta la usas para moverte como reportero?
El reportero policiaco habría contestado así:
--Bueno, tenía un BMW, pero como estaba viejo, a cada rato se descomponía. Y ahora, uso la motocicleta.
--Ya hablé con mi jefe y danos unas horas para localizarla.
--Gracias.

Tres. Cuatro horas para levantar la denuncia

Hacia las 8 de la noche miraron desesperados el reloj, pues en las redacciones de los periódicos todos los días y a todas horas, y más cuando se aproxima la hora del cierre, se vive en la locura. “El oficio de reporteros es de neuróticos” decía José Pagés Llergo, el legendario y mítico reportero tabasqueño, fundador del semanario Siempre!
Pero como el oficio periodístico también enseña a tener la paciencia, más que de Job, de un pescador (el pescador de Ernest Hemingway, que esperara 80 días y 80 noches para cazar un tiburón que se comieron los tiburones), el dueto de periodistas decidió esperar.
En nombre de Dios, se dijeron.
Entonces, en el pasillo se asomó una Barbie. Sabrosa. Suculenta. Rítmica en el andar. Bonita. Guapa. Bella, mejor dicho. Enfundado el cuerpo en un pantalón negro, pegado, pegadito. La cabellera larga, negra, negrísima, cayendo sobre la espalda. ¡Ay, mamita!
Y como hubiera sido pecado mortal abstenerse de voltear y seguirla con la mirada mística, todos la miraron.
La Barbie aquella se anunció con la secretaria y luego luego entró al privado, aun cuando el par de reporteros quejosos habían llegado primero que todos.
Y la reinis, lady, lady Fiscalía, digamos, tardó más o menos media hora en el privado, levantando quizá una denuncia penal, sin duda, por acoso sexual y que como dijera el cardenal Juan Sandoval Iñiguez, por su forma de vestir y caminar ella misma sería culpable.
Iban a dar las nueve de la noche cuando Carlos Hernández, reportero de Crónica de Xalapa y Reportever, salía con Noé Zavaleta de la Fiscalía.
Cuatro horas después pudo levantar la denuncia penal, de hecho y derecho, tres horas y media más, 210 minutos después, cuando, caray, en el tiempo de Gerardo Buganza Salmerón en la secretaría General de Gobierno garantizaba que media hora bastaba para tramitar la licencia de manejar, a tono, digamos, con el tiempo que una pizza tarda en llegar a casa en la inteligencia de que si llega un minuto tarde es de gratis, aunque la empresa la cobre al chico repartidor.
Menos tiempo, claro, se tarda una cocinera haciendo paella.
La justicia en Veracruz es así, y ni modo, ¡qué le vamos a hacer!
“La tomas o la dejas”.



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