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Barandal
Sábado 11 noviembre, 2017

“Noche tibia y callada”

•Noche horrenda y fatídica
•La pesadilla atroz

ESCALERAS: Se padece una historia monstruosa en Veracruz. Las balas suenan por todos lados. “La muerte tiene permiso”. Caen los asesinos del doctor David Casanova López y de los policías federales asesinados en Cardel. Pero siguen libres los culpables de los desaparecidos.

Luis Velázquez

Impunes, además, los crímenes de los 19 reporteros asesinados en el duartazgo y de los tres en el bienio azul. Siete años en el infierno local. Mejor dicho, once años de balas y guerra en el país. La noche se traga al día.
Las páginas policiacas rinden cuentas de bandas y sicarios detenidos. Y hasta publican las fotos de los malandros contando el billete robado.
Pero los sicarios siguen adueñados del paisaje urbano y rural. En vez de “la noche tibia y callada”, la noche horrenda y fatídica. De hecho y derecho, la pesadilla más atroz y cruel en la historia local.
Miguel Ángel Yunes Linares se levantó de entre los escombros de un Veracruz saqueado y desesperado por vivir los días y las noches en paz.
Se dijo entonces, se creyó incluso, que “las fuerzas del bien podrían vencer a las fuerzas del mal” (Camus, 1944).
Pero once meses y once días después, Veracruz sigue en la penumbra.

PASAMANOS: Hay once duartistas presos en el penal de Pacho Viejo y el ex góber tuitero preso en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México.
Y en contraparte, hay un baño de sangre imparable.
Y en vez de que las elites azules se afanen de tiempo completo, más tiempo se llevan confrontando a los medios insistiendo, remachando, porfiando que aquí se vive en el paraíso. “Somos un pueblo feliz” diría aquel.
Pero el paraíso es ficticio. En todo caso, si hay paraíso hay infierno. Y por añadidura, y como dice el proverbio popular, “unos al gozo y otros al pozo”.
La gente sigue muriendo.
Tanto que, por ejemplo, hay un vaso comunicante invisible que une a la población y es el dolor y el sufrimiento de los hijos desaparecidos y de los crímenes en la impunidad.
Más sangre, entonces, seguirá manando.
Veracruz está destripado.
El corazón social continúa “atormentado por la esperanza” que de tan deseada con un mundo mejor es ya, ya, ya, utópica y platónica.
Y es que ha de recordarse que nadie puede vivir siempre siempre siempre en medio de la violencia y los homicidios.
Y más, cuando ya llevamos seis años del duartazgo y un año de la yunicidad “en el infierno tan temido” que decía la monja ilustre.

CASCAJO: Nunca los padres olvidarán a sus hijos desaparecidos y desfigurados, incluso, pozoleados, como aquellos chicos originarios de Playa Vicente levantados en Tierra Blanca por las fuerzas policiacas de Arturo Bermúdez Zurita, el ex secretario de Seguridad Pública, nunca acusado de desaparición forzada.
Lo peor: igual, igualito que en el duartazgo se repite el mismo estribillo. Hay muertos, pero todos son “ajuste de cuentas” entre los malandros, cuando, caray, de por medio, hay niños asesinados y los feminicidios son imparables.
Por eso, hay muertes injustas. Inverosímiles. Niños, mujeres, ancianos. Gente jodida que vendía flores en el crucero y de calle en calle en el pueblo para llevar el itacate y la torta a casa.
Veracruz, no obstante, es grande. La grandeza está en su resistencia moral y familiar para levantarse todos los días a seguir empujando la carreta, así sea en medio de la incertidumbre y la zozobra.
En cada hogar con la cabeza erguida soñando con vivir un día más sin sobresaltos, con todo y que la noche es demasiada larga llena de terror y de horror.

RODAPIÉ: Grave el millón de indígenas atrapados y sin salida en la pobreza, la miseria y la jodidez.
Grave los dos millones de campesinos con la peor calidad educativa y de salud.
Grave las 600 mil personas de 14 años de edad analfabetas que no saben leer y escribir, ni siquiera, vaya, como Pancho Villa, quien a los 14 años de edad para firmar copiaban su nombre ganchito por ganchito.
Grave que en Veracruz haya 800 mil ancianos, la mayoría sin seguridad social, a la deriva económica.
Pero más, mucho más grave, vivir en la incertidumbre y la zozobra de que un día, de igual manera como ha sucedido a tantos paisanos, se sufra y padezca un robo violento, un secuestro, un ultraje, un crimen, una fosa clandestina.
Un año casi ha transcurrido desde la derrota del PRI en las urnas por la gubernatura. Cierto, si el tricolor hubiera ganado, las pillerías de Javier Duarte, los suyos y su equipo estarían en la impunidad.
Y por eso mismo, mucho la yunicidad está saneando, digamos, las arcas oficiales y la vida pública, que ojalá, pues sería catastrófico que de pronto, zas, aparecieran por ahí trastupijes azules.
Pero con todo, la inseguridad es la pesadilla número uno.
En unos pueblos de Veracruz han integrado guardias comunitarias… y que la secretaría de Seguridad Pública desbaratara. En otros, brigadas de vigilancia. Y en otros, como en Xico, el miércoles 8, lincharon a un ladrón.
Quizá convendría recordar a don Jesús Reyes Heroles cuando decía: “No dejemos que el México bronco despierte”.


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