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Crónicas imaginarias
Jueves 01 septiembre, 2016

La mujer enigmática del café

En el café hay una mujer a la que apodan La periodista. Igual que Adolf Hitler fue payasita en fiestas infantiles. Igual que “El che” Guevara, fue fotógrafa en la iglesia, donde vendía estampitas de la Virgen de Guadalupe. Un día apareció como reina del carnaval y terminado su reinado se volvió “La periodista”

Con todo, en ningún periódico escribe ni publica. Y cuando le preguntan sus razones dice, serena y campante.
“Soy demasiada crítica y nadie me aguanta”.
De cualquier manera, y dado su amplio y detallado conocimiento de la vida y milagros de los políticos se ha vuelto indispensable. Digamos que es una especie de diccionario ambulante. Todo lo sabe y si le falta información la inventa y la cuenta de una forma tan impresionante que a todos convence.

Es alta y morena, sonrisa fácil. Buen porte. Y como su lengua es peligrosa, y toda vez que las grandes batallas se han dado en los medios, ella destruye honras ajenas en el café, apostando al periodismo oral en este tiempo de la justicia oral. Finalmente, sólo reproduce el viejo modelito de “los heraldos”, aquellos que andaban de pueblo en pueblo contando historias cuando ningún periódico se imprimía.
Nadie sabe sus fuentes de ingreso. Y/o si en todo caso tendrá una pareja que la mantiene. Tampoco nadie conoce su domicilio particular. Y cuando le preguntan dice que es “como las águilas”, pues duerme donde la noche le sorprende.
Unos dicen que es “oreja” del duartismo, pero, dado su porte y las arcas oficiales quebradas, mucho se duda, pues si lo fuera cobraría caro.
La periodista tiene una sabia filosofía de vida: si ella pide un café, ella lo paga. Si un pan, ella lo paga. Nunca, pues, permite que le paguen su consumo ni tampoco, claro, paga el café de otros.

VIVIR EL INSTANTE…

Unos dicen que es una Mata-Hari, pero nadie le conoce una aventurilla. Tampoco parejas ni hijos.
Y cuando un colega se le ha insinuado ella con habilidad libra las escaramuzas sexuales. “Tengo una entrevista”, dice, mirando el reloj, y de inmediato, se levanta de la mesa y se va, dejando en la mesa el importe de su consumo.
Muy temprano ha de leer los periódicos, porque cuando alguna vez se ha topado con ella en el café, digamos, antes de las 8 de la mañana, cita hechos notables sin mencionar la fuente, pero que luego se descubre fueron publicados en tal o cual periódico.
Y por lo pronto apantalla, y/o en todo caso, asombra, porque está al día, mejor dicho, al minuto de actualizada.
Ella, entonces, es como un sol, pues alumbra con la información de que dispone.
En su bolsa de mano sólo carga las llaves de su casa, el celular y un libro que suele leer en los espacios en blanco en el transcurso del día, incluso, cuando viaja en el autobús urbano.
Es amable, pero distante. Cercana, pero lejana. Cariñosa, pero fría.
Nunca gusta hablar de su pasado reporteril, porque, dice, ha de vivirse el momento. Y en la vida, dice, sólo importa el presente, el instante, el minuto.
“Lo que fue… fue” contesta de manera lacónica, mirando de frente, la mirada escrutadora, casi casi intimidante.

SEGÚN ELLA, ESCRIBE UN LIBRO

Según La periodista, está viviendo un estadio superior del periodismo. “Escribo un libro”, dice.
Pero además, actúa como una escritora profesional, pues nunca acepta platicar el tema central de su libro.
“Si cuento el asunto de mi libro… se sala”, dice, en una voz como un susurro, apenas perceptible.
Y como desde más de un año anda con el cuento del libro, de seguro ha de llevar más de mil páginas escritas, quizá soñando con rebasar a Balzac, que así escribía sus mamotretos, tipo ladrillo.
Una mañana un interlocutor le deslizó varia barajitas sobre el contenido del presunto libro.
¿Libro de sus mejores reportajes o crónicas? ¿Sus memorias? ¿Una novela sobre periodistas? ¿Confidencias de políticos?
Ella sólo sonrió, haciéndose la enigmática, la misteriosa, la interesante.
“Ahí te lo dejo de tarea” dijo, repitiendo el estribillo en el Golfo de México.
Y es que nadie conoce sus orígenes ni tampoco los medios donde ha trabajado. Simple y llanamente, un día se presentó en el café y se fue metiendo entre los meseros y luego entre los colegas y después entre uno que otro comensal hasta que de plano se ha vuelto parte del paisaje, digamos, como “El chilapas”, el mesero jubilado que todos los días como indemnización perpetua los dueños le permiten desayunar lo que quiera… sin pagar un centavo. (lvr)


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